Añoranzas, versos imperfectos y algo más
Bahía: añoranzas de mi tierra
El reloj marca cerca de la medianoche, el calendario indica cualquier día del mes de Agosto de 2011; estoy en casa luego de platicar durante varias horas con amigos y vecinos de la urbanización donde resido, en la pujante y cosmopolita ciudad de Guayaquil. Entre los diversos temas de nuestro grato coloquio, surgió espontáneamente Bahía de Caráquez, el nuevo puente y todo lo que representa, las bellezas naturales de nuestra ciudad y sus proyecciones turísticas. Demás está decir lo maravilloso que resultó la velada, que por cierto revivió en mi espíritu una inquietud que en los últimos años ha venido sacudiendo mi mente, cada vez con mayor fuerza, a tal punto que finalmente me ha impulsado a proceder con osadía y, decidir dejar huellas en el papel sobre aspectos que a mi juicio considero relevantes destacar sobre Bahía, su gente y su entorno. Así surgen estas líneas, con sencillez, pero con sentimientos profundos, que la computadora recoge amigablemente, guardando en su cerebro electrónico las vivencias que fluyen del corazón de un hijo agradecido de su cimiente geográfica.
En la vida existen hechos y personajes que marcan nuestro ser, siempre se recuerdan, se añoran y desean repetirse. Nuestra ciudad nos ha brindado tantas experiencias singulares y agradables, que simplemente son inolvidables e indeclinables para nuestro corazón. Esta iniciativa personal, repasa las vivencias de más de seis décadas y revisa las huellas que decenas de ellas me han marcado la piel, la mente y mi sentimiento porteño. Seguro que hay cientos o miles de hechos notables para cada conciudadano; los que muestro son solamente los de especial impacto para este improvisado escritor.
He aquí un detalle sin orden cronológico de las cosas, que entre otras nunca olvidaré:
El viejo mercado de las calles Bolívar y Ascázubi, con su bullicio y algarabía diaria; colmena de trabajo y de servicio a la población. Monumento a la laboriosidad de nuestra gente. Imposible olvidarlo.
Cómo no recordar a tantos personajes que inscribieron con propiedad su nombre en la convivencia diaria del mercado municipal, dejando con ello huellas imborrables a través del tiempo y que se recuerdan con especial simpatía. Uno de ellos, muy recordado por sus ocurrencias y su particular modo de atender a la clientela que a diario se acercaba no sólo a comprar el producto que se expendía, en la tercena del Sr. Ramón Hidalgo, sino además a disfrutar con su inconfundible manera de vender y hacerse escuchar por casi todo el mercado. Su nombre adoptivo, el popular VACA RUSA, capaz de lanzar un buen chiste o una expresión picante a la medida del comprador, que no siempre aceptaba de la mejor manera los dardos lanzados, aunque casi siempre el asunto concluía con celebraciones y carcajadas de todo el entorno. Sin duda un buen imán para atraer clientela y una manera de empezar el día con singular alegría, generada por un señor espontáneamente simpático y genial.
En la primera puerta de ingreso, por la calle Bolívar, justo a la diestra de la misma, un local clásico e inolvidable llamaba la atención de quienes accedían al mercado municipal. Un letrero multicolor en la parte superior marcaba el nombre del establecimiento, muy sugestivo por cierto: “AQUÍ ME QUEDO”. Su propietario, Don MELITÓN VELÁSQUEZ, un señor mayor, muy ceremonioso, pero atento y conocedor de su negocio, cuya particularidad de compra-venta de objetos, herramientas o adornos, entre otros artículos, hacían del local una verdadera fuente de reciclaje para la época, muy útil por cierto, pues muchas veces se podía obtener alguna pieza u objeto que no era fácil conseguir en otros sitios de venta. En la picardía y urgencias juveniles también permitía obtener algunos centavos o sucres “sacrificando”algún objeto familiar. Sin duda en el archivo y memorias del viejo mercado municipal, este local y su propietario tienen un privilegiado espacio.
La intensa actividad portuaria que otrora mostraba nuestra ciudad, marcada particularmente por la presencia de barcazas cargadas con productos de exportación (café, cacao, higuerilla, banano, etc.), generando ingresos para el Estado y dando trabajo a centenares de compatriotas. Cabe destacar el liderazgo que ejerció en las exportaciones agrícolas el Señor LUIS VELASCO SANTOS, formidable impulsor del comercio exterior y prestigioso ganadero de la zona norte Dinámica retrospectiva comercial de una ciudad pujante con aspiraciones de convertirse en centro portuario; anhelo que se ha perdido en el tiempo y navega en la incertidumbre.
Si nos referimos al comercio de la ciudad, en aquella época existían importantes almacenes, que significaban verdaderos referentes de la zona norte de Manabí. Cómo olvidar la Casa Siria del Sr. Felipe Dass, Almacén La Costeña, la Librería y Papelería de Pinoargote y Yépez, la gran Droguería Caráquez, quizás la más importante de la provincia, el negocio de don Efrén Zambrano, don Plutarco Buzzeta, el charapoto Bermúdez, don Ricardo Rivero, don Santiago Uscocovich, don Gabriel Adum, don Carlos Delgado, don Eugenio Ureta, entre los más importantes. Algunos negocios tradicionales y notables, se mantienen hasta la actualidad, entre ellos, la Casa Mora, Chang Zambrano, Chang Castillo, Salvador Ordoñez, todos de singular valor comercial e histórico, en el desarrollo de nuestra querida urbe.
El Barrio Astillero y el viejo carril; postal maravillosa de un recorrido diario por la ruta cimbreante que bordeaba la costa. Cordón umbilical que enlazaba importantes sectores de la producción manabita. Paseos inolvidables hasta Tosagua, Calceta, Canuto y Chone; líneas paralelas cargadas de trabajo y esfuerzo de los norteños. ¡Cómo disfrutábamos las caminatas por la vía férrea, desde Bahía hasta Leonidas Plaza!
El faro y la piedra o viceversa. Visión histórica e imponente cual coloso de Rodas, erguido vigilante de las embarcaciones, que antaño cruzaban cerca del Colegio Alfaro y del Colegio La Inmaculada, mirando el golpeteo de las olas sobre el muro de escolleras de la época. Hoy podemos descansar fácilmente sobre la roca marina para tomar el sol y leer un buen libro; para soñar junto las olas del mar e incluso evocar las leyendas de sirenas y su encanto en la semana santa.
La silueta agradable sobre el horizonte, formada por los pequeños botes o veleros de los cholos pescadores, que por las tardes arribaban al puerto trayendo la preciosa carga que ansiosa esperaba la población, para degustar exquisitos platos con sabor marinero. Mientras decenas de gaviotas y tijeretas revoloteaban en la bahía, muchos disfrutábamos del manjar en la mesa; paladar con gusto y aroma de camotillo.
El grito varonil de aquel querido artesano de la elaboración del pan, que diariamente recorría las calles de la ciudad, en triciclo o a pie, ofreciendo el fruto de su trabajo. Cómo olvidar entonces ese grito característico: “aquííí estááá el panaderitooo”. Ejemplo edificante del amor al trabajo con ingenio y honradez.
En las tardes en una de las entradas del viejo mercado, sobre la calle Ascázubi, el pan del gauchito Mera hacía furor por su gran demanda. La excelencia del mismo causaba que se agotara canasta tras canasta, dando siempre la sensación que muchos clientes se quedaran con las ganas. Nunca más se ha elaborado un pan tan sabroso en Bahía. Los alfarinos lo combinábamos con los helados del señor padre de Kléber Ávila y, sentíamos la delicia multiplicada por dos. Simplemente exquisito.
Los deliciosos caramelos LIMBER y el álbum de colección, sin duda eran causa de verdadera fiebre en la ciudad. Niños, jóvenes y adultos nos involucrábamos de tal manera, que el afán de completar el álbum, disfrutar el exquisito caramelo y ganar los premios, generaban un movimiento inusual en la ciudad, particularmente en el local comercial de la calle Bolívar, del recordado conciudadano, don Asunción Farías.
La misa dominical de la noche. Todo un acontecimiento religioso y también social. En el templo asistíamos con fervor religioso a compartir la eucaristía. Luego el malecón de la ciudad se veía colmado de personas que caminaban desde el Yacht Club hasta la Unión Sindical de Artesanos y viceversa. Cómo disfrutábamos el recorrido con charlas amenas y tranquilas, que servían para afianzar la amistad y comunicación entre los ciudadanos. Con la gallada nos divertíamos a más no poder, mirando no sólo a las hermosas féminas que desfilaban ante nuestros ojos, sino también el reloj para no sobrepasar la hora permitida. ¡Qué tiempos aquellos!
La fiesta de la Virgen de la Merced en el mes de Septiembre. Estas festividades realmente se celebraban con fervor y entusiasmo, combinando lo religioso con lo mundano, pero siempre con la cultura y prestancia de los caraquenses, más allá de cualquier eventualidad o situación fortuita. Mucha algarabía y felicidad ciudadana inundaba el ambiente de mucho colorido e inusual actividad. La llegada de nuestros amigos y coterráneos desde Guayaquil, Quito y diferentes ciudades del país, contribuía a elevar el espíritu festivo a niveles de gran emoción y confraternidad. Entre muchas de las diversiones que se ofrecían, recuerdo particularmente dos; el juego de la ruleta y la variedad de dulces para saborear. Siempre jugaba en la mesa donde lo hacía don Armando Baird, para intentar seguir su sistema, con sus famosas fórmulas y estrategias. Claro que yo apostaba sólo centavos mientras el bardo lo hacía con sucres, que en esa época si valían.
La fiesta de San Pedro y San Pablo en Leonidas Plaza. Tradición que aún se mantiene y celebra en la parroquia hermana; llena de colorido y aspectos folklóricos que la hacen muy particular. Bailes y desfiles matizan su desarrollo en el mes de junio de cada año. Son muy concurridas y alegres, representan el esfuerzo y dedicación de un pueblo laborioso que rinde homenaje a sus patronos religiosos. El progreso también se hace notar en la querida Parroquia urbana, donde conviven miles de conciudadanos que forman parte de nuestro conglomerado social.
El inolvidable ROCCO BAR. El sitio preferido de la juventud porteña y, también de los mayores. Su presencia constituyó el más importante punto de atracción para propios y extraños. El toque original de su apariencia y, la calidad de servicio más la calidez de sus propietarios, dejaron una huella imborrable en la ciudadanía que lo recuerda con singular simpatía.
Cuando mencionamos el Rocco Bar, de inmediato surge el nombre del inmortal grupo musical LOS CUMBANCHEROS, orgullo eterno de los bahíeños. Sus ritmos tropicales y románticos, se escucharon no sólo en la ciudad y la provincia, sino en otras comarcas. La historia de Bahía de Caráquez, inevitablemente recoge entre sus páginas a este grupo de conciudadanos que hicieron vibrar el corazón de los porteños con su arte y alegría.
La exquisita fritada de Padillita. Su recorrido por la calle Ascázubi parecía más bien un ritual obligado en las tardes. En cada parada los clientes se agolpaban para comprar el singular plato (servido en papel de despacho), cuya receta casi mágica atraía mucha gente. Lo que quedaba rápidamente se agotaba al llegar al centro de la ciudad. Hoy solamente nos queda imaginarnos su olor y sabor tan peculiar como delicioso al paladar.
Cómo no recordar y extrañar los exquisitos platos que expendía con gran calidad y simpatía doña Rosita Paredes y su esposo. Hasta hace pocos años esos manjares los podíamos degustar y disfrutar plenamente. Por todo lo que ha representado en la gastronomía de nuestra ciudad merece sin duda un reconocimiento en cualquier recuento histórico de la urbe.
Los deliciosos sánduches de chancho de don Paco Mantilla Basantes, acompañados de una gaseosa, sin duda eran muy apreciados por su toque y calidad especial de los mismos. Unas monedas en la rockola permitían disfrutar de las melodías de la época. Como postre un cono con deliciosos helados siempre venía bien. Con mis amigos a menudo concurríamos al lugar, para platicar amenamente con su propietario, hacer bromas sanas y pasar un buen rato en el inolvidable bar Puerto Ila. Respeto y afecto muy especial para don Paco, tienen un espacio imborrable en mi alma.
Cuando de disfrutar se trata no cabe duda que el bar de Don Rupo era y es un buen sitio para hacerlo. Sus ricos helados y pastas han sido muy considerados y degustados. Pero lo que particularmente atraía a muchas personas era la singular personalidad de don Ruperto Rivera, su propietario, un señor simpático, amable y espontaneo, con algunas expresiones y ocurrencias que arrancaban sonrisas y alegraban el ambiente citadino.
A pocos pasos estaba ubicada la peluquería de Abelito Saenz, un artesano de la peluquería, muy estimado en la comunidad. Dueño así mismo de una especial forma de ser, muy atento como eficaz en su tarea. Abelito es un ex-emelecista que luego se hizo hincha a muerte de Nacional, equipo por el cual discute a más no poder con los fanáticos rivales. Habría que preguntarle a Nine Ávila, barcelonista de cepa, las veces que se enfrentaron amigablemente sobre el tema del fútbol.
La recordada PIRAGUA, un bar flotante en el barrio Astillero, sitio muy concurrido, particularmente por los estudiantes alfarinos. Su nombre surge de la popular melodía tropical, muy de moda en la época. Cuántas cervezas se consumieron y cuántas caderas se movieron al son de la música, es imposible de precisar.
La popular gaseosa (cola) Corriente, que se elaboraba en la ciudad, tenía gran demanda en la zona norte, se consumía masivamente en la población y constituía un importante renglón en la economía local. Las instalaciones donde se fabricaba, funcionaban en la calle Arenas.
El viejo Pinto y sus juegos especiales en la calle Bolívar, es algo particularmente agradable para recordar. Quien puede olvidar los carritos que se desplazaban por el tablero en su respectivo casillero, según el número que marcaban los dados hábilmente lanzados. Pero lo más destacado era la singular manera de llamar la atención, contagiar a los presentes y estimular a los contendientes.“Sale el tres y sale el cinco, a la carga el seis” alentaba de manera entusiasta a los participantes, que competían por una tajada de cake o un sánduche.
El viejo y recordado teatro Sucre, de las calles Bolívar y Arenas. Sin duda un templo del cine de la época, que se constituyó en cita obligada de la población, especialmente los fines de semana. Sirvió además como escenario donde se presentaron obras en vivo y artistas connotados como Don Evaristo, Angel Infante, entre otros. Las películas mexicanas y de vaqueros causaban furor en aquella época, por supuesto también grandes cintas del cine norteamericano y europeo. Recuerdo que para asistir al cine los días sábados, muchos padres evaluaban el comportamiento de sus hijos en la semana, sea en el hogar, en el colegio o escuela. En mi caso además de aquello, debía colaborar en algunas tareas en la tienda de mi hermano, ubicada en la esquina de las calles Bolívar y Checa. Todo esfuerzo valía con tal de no perderse la película: Love History (Historia de Amor) o la última cinta de Gastón Santos. Impactantes recuerdos de una época inolvidable de nuestra niñez y juventud.
La travesía en lancha hacia San Vicente es parte fundamental de la historia de nuestra ciudad. Es la muestra elocuente del espíritu marinero de los porteños, de su convivencia junto al mar, el estuario y el manglar, es la síntesis inequívoca de un pueblo heredero de los Caras indomables que llegaron por el océano y se asentaron en estas comarcas ribereñas. Imborrables recuerdos de épocas pasadas que viven en la mente y corazón de los bahíeños.
La Huerta del Dr. Ratti. Paradisiaco e interesante lugar; ha sido una especie de pulmón ambiental para la ciudad, por su variada vegetación tropical seca. Lo más atractivo sin duda, la gran cantidad de árboles de jobo o ciruela criolla como llaman en el Guayas a esta deliciosa fruta tradicional costeña. La época de cosecha constituía un verdadero ritual de la población que masivamente visitaba la huerta para recoger los preciados frutos. Aún recuerdo claramente las verdaderas “batallas” que se realizaban entre compañeros de colegio, lanzándose los frutos unos a otros. Confieso haber participado un par de ocasiones en las mismas. Una ciudad ecológica como Bahía, debería pensar seriamente en conservar este ecosistema y transformarlo en un gran espacio de agroturismo.
La escuela Miguel Valverde. Me refiero a la original, la que dominaba la loma de San Roque y se divisaba imponente desde el Malecón. La que dirigía con severidad, capacidad y condición de maestro don Silvio Barberán. Aquel centro del saber, que tenía como catedráticos a Don Marcos Mero, Don Maurilio Mendoza, Doña Cruz Chávez, Don Eduardo Rodriguez Coll, Doña Mercedes Santos de Villacís, entre otros, ha sido un ícono de la educación primaria. Recuerdo con especial simpatía a Bartolo, el hacendoso portero y guardián de la escuela y, por supuesto el añejo galápago, huésped permanente del plantel. Soy valverdino a mucha honra y orgullo personal.
Dos planteles particulares que han dejado profunda huella en la sociedad caraquense, son el Colegio San Pedro Apóstol de la Orden Salesiana y la Escuela Juan Montalvo. El primero se distinguió por una educación de calidad con formación cristiana. Sobresalió en los desfiles cívicos con su formidable banda de guerra y, en la presentación de obras teatrales. El padre Sarzosa era su referente y estricto Director del plantel. La Escuela Juan Montalvo es palabra mayor en cuanto a educación primaria se refiere. Es un monumento a la dedicación y el esfuerzo de un educador ejemplar como don Jacinto Rivero Aveiga, lamentablemente fallecido. No podemos dejar de mencionar a Don Sucre Mieles (+), la Sra. Bienvenida de Mieles, fundadores de la escuela, entre otros distinguidos maestros que han guiado y capacitado a miles de estudiantes, muchos de ellos aporte valioso a la sociedad. Mis hijos tuvieron la suerte de ser montalvinos y son orgullosos de tal distinción.
El Colegio Nacional Mixto Eloy Alfaro, es la máxima expresión de la educación secundaria, en Bahía de Caráquez y, uno de los de mayor brillo y prestigio de la provincia de Manabí. Prestantes Rectores y magníficos profesores han forjado año a año el valor histórico del plantel. Inicialmente se llamó Pedro Carbo, pero luego sabiamente se le puso el nombre del preclaro e ilustre manabita Don Eloy Alfaro Delgado, el Viejo Luchador. Por su trascendencia, realizo un escrito aparte sobre nuestro querido e inmortal Colegio.
Soy hincha apasionado del deporte, pero especialmente del fútbol. Cómo olvidar los extraordinarios partidos jugados en la histórica cancha del Colegio Alfaro, protagonizados algunos de ellos por verdaderos cracks de la redonda. Bahía produjo grandes jugadores, cuya clase no sólo se mostró localmente sino a nivel provincial y nacional. La afición bahieña domingo a domingo disfrutó de verdaderas batallas entre enconados rivales. Basta mencionar la epopeya del Ferroviarios, que luego de ir perdiendo por tres goles de diferencia frente al Independiente, logró empatar el encuentro y desatar una auténtica locura entre sus hinchas. Este gran partido a mi juicio es la síntesis real de lo que significó el futbol de antaño en nuestra ciudad. Cuando nos referimos al fútbol en Bahía, debemos mencionar dos nombre de sacrificados dirigentes: El Chato Luis Alcívar y don Pepe Estrada.
En los primeros años de la década del setenta, un grupo entusiasta de jóvenes profesionales y estudiantes universitarios, decidimos fundar un club deportivo para participar en el campeonato local de fútbol. Así surgió el Club Social Cultural y Deportivo UNIVERSITARIO. Este equipo hizo historia en el firmamento futbolístico local. Sin duda jugaba la mejor pelota de la época y estaba integrado por una brillante generación de futbolistas, bien dotados técnicamente y con una garra y decisión a toda prueba. Fuimos merecidamente bicampeones y pudimos haber logrado una corona más, de no mediar la suspensión del torneo que liderábamos a esa fecha. UNIVERSITARIO constituye una página especial en el baúl de los recuerdos y es sin lugar a dudas una pasión inmortal, que ojalá pudiera prevalecer en el tiempo y en el espacio como dice su grito de guerra.
Todo equipo tiene hinchas muy particulares y emotivamente identificados con su camiseta. Universitario no ha sido la excepción; uno de ellos el recordado y querido “Guillito”. Seguidor a muerte de nuestro equipo, vivía intensamente los partidos, celebrando entusiastamente las victorias y sufriendo amargamente los contrastes. Por todo lo que significó su identidad como hincha, su notable destreza para el juego de damas y, en general toda la simpatía que generaba su especial presencia, el merece un lugar destacado en el historial de Universitario y, sin duda alguna en la comunidad caraquense.
Si evocamos con afecto a Guillito, con el mismo aprecio y respeto hay que mencionar a un personaje enamorado del fútbol, hincha a muerte de Barcelona y protagonista, a su manera, de inolvidables jornadas, llenas de colorido, jolgorio y celebraciones bulliciosas. Llegó desde la norteña y verde provincia de Esmeraldas, hace muchos años y, se quedó para siempre en Bahía. Su nombre, muy popular por cierto, el maestrito Luis Ayoví, puro corazón y enorme sencillez, muy respetuoso y amable.
Para saborear un plato especial, nada como la exquisita morcilla que expendía doña Carmelita Ballesteros, con un toque de ají como sólo ella preparaba. Su gran clientela se fundamentaba no sólo en la calidad del producto que vendía, sino también por sus extraordinarias dotes de buen humor, expresiones quemantes y picarescas, que arrancaban carcajadas de los presentes. La recuerdo con cariño y mucho respeto, se lo merece plenamente.
Frente al edificio del correo, en la esquina justamente, desde que tengo uso de razón existen sitios de expendio de comida criolla, apetecidos por lugareños y visitantes. Respetables señoras, han desarrollado su actividad por décadas con singular dedicación y simpatía. Quien no ha disfrutado de exquisitos platos de gallina criolla, la genuina, como reza un popular dicho y, las deliciosas fritadas y empanadas, acompañadas de un café pasado. Esta es una estampa popular y auténtica de la tradicional gastronomía porteña, por tanto jamás puede dejar de mencionarse en cualquier inventario histórico de las costumbres y tradiciones de nuestro pueblo. Una especial mención para Doña Goyita, estupenda amiga, sencilla, amable y generosa.
Una esquina famosa y muy concurrida, era la de la calle Montúfar y Arenas. Allí funcionaba la tienda del Sr. Rosendo Franco, padre de algunos buenos amigos, estudiantes alfarinos. Era la parada obligada luego de concluir las clases de la mañana o de la tarde. Cómo olvidar los deliciosos jugos de tamarindo, los caramelos Limber y en general el variado surtido de golosinas apetecidas por los alumnos y la ciudadanía en general.
Los cebiches del Sr. Segundo Pólit, el popular “hermanacho”, son parte de la gastronomía local y muy reconocidos incluso por los turistas, que por cierto son asiduos visitantes del local ubicado frente al mar. Su propietario a más de ser muy esmerado y atento, es dueño de una particular manera de ser, alegre, bonachón, con expresiones pintorescas y, abierto siempre al diálogo. Es un buen anfitrión y muy amigable por cierto.
El mirador de la cruz, es como un observatorio gigante que permite divisar y apreciar toda la dimensión y belleza de nuestra ciudad y su extraordinario entorno. Es muy fácil para cualquier mortal asomarse a ese espectacular balcón e inspirarse hasta componer cualquier melodía o expresión poética o en prosa. Es además el símbolo de un pueblo cristiano, mayoritariamente católico, que la estableció en un sitio estratégico, para invocar a Dios, pedir su protección y consolidar su fé. Por todo lo que significa, es el escenario ideal y, escogido oportunamente para lanzar al viento las cenizas de este coterráneo sencillo, de piel mestiza y corazón montubio, pero orgulloso de sus raíces y amante empedernido de su terruño.
Evocar los nombres de Jacinto Santos Verduga, Armando Baird, Rodrigo Moreno Heredia, Arturo Santos, Lupiciano Barreto, entre otros, es identificar el sello literario de nuestra tierra. Cada uno de ellos desde su estilo muy particular han inundado de poesía el ámbito local, provincial y nacional. La sensibilidad de sus versos y sus magistrales composiciones son parte de nuestra cultura y por tanto son patrimonio que debemos relievar. Algunos de ellos han alcanzado raigambre internacional con sus obras literarias.
Si la poesía nos enorgullece, el arte musical no se queda atrás en lo absoluto. Personalidades memorables nos resultan inolvidables, y tienen asegurado un lugar en todo inventario artístico de nuestra ciudad. Doña Bertha Santos de Dueñas, don Gonzalo Dueñas, don Hugo Acosta, Don Eddie Erazo, don Vicente Uscocovich, doña Tata Villao, doña Vicenta Benítez, Doña Julia Quirola, doña Enedina Candela de Alcivar, don Manolo Rodriguez, Ing.Antonio Bermúdez y, el popular Tico Mendoza, entre otros, constituyen un extraordinario aporte al género musical bahíeño. Todos en su momento nos han llenado de orgullo y grandes emociones. Inolvidables personajes de la música.
¿Quién no conoce en Bahía a la Bebita?; por lo menos los que nos hemos tomado unos cuantos tragos, especialmente en las noches de serenata o simplemente para “matar el frío”, como suele decirse para justificar la trasnochada, sabemos perfectamente que nos referimos a la paciente y hacendosa señora, que tenía un local en la calle Bolívar donde además de jugar una partida de billa o de naipes, se podía consumir unas cervecitas o una botella de puro o aguardiente. Lo más llamativo, sin duda era la venta de licor luego del cierre del local. Siempre era posible tocar la puerta, respetuosamente por cierto y, conseguir ser atendidos por su propietaria. Lo curioso del tema y por ello resulta inolvidable, es que la transacción se realizaba a través de un orificio en la parte baja de una pared, era el popular “huequito”. Se deslizaba primero el dinero y luego se recibía el trago y los cigarrillos. Esta operación, seguro que se realizó miles de veces.
Con particular emoción recuerdo las múltiples ocasiones cuando junto a buenos amigos como César y Manuel Balda Rodríguez, Eduardo Rodríguez Delgado, Alfredo Nevárez, Vicente Santos; concurríamos al Club del Banco Central, ubicado en la calle Bolívar, para divertirnos jugando billar o pin-pong. Fueron alegres y sanas experiencias, matizadas por gran camaradería juvenil. Especial reconocimiento debo hacer a la gentil atención que nos brindaba Don Luciano Figueroa, encargado del cuidado del mencionado club.
Las noches de bohemia en nuestra juventud, están marcadas por un derroche extraordinario de aventura y romanticismo propios de esa edad. Una botella de Cristal, Caña Manabita o Perla, eran siempre compañía indispensable en las frescas noches de nuestra hermosa ciudad. La guitarra era invitada de honor y ejecutada por hábiles manos lanzaba sus notas musicales ya sea en el parque Manuel Nevárez, el obelisco o frente a la casa de cualquier chiquilla pretendida por alguno de los presentes. Si se trataba de una fecha muy especial el principal artista era Vicente Uscocovich, extraordinario cantor y amigo formidable, que inundó con su voz y derroche de gran artista los escenarios del país. Si el tema parecía de menor formalidad, pero con igual emoción, los cantantes espontáneos y de calidad, nunca faltaban; Marcelo Cabrera, el “negro” Rubén Vera, Fernando Salvador, Julio Bohórquez, entre otros pasearon sus dotes artísticas cobijados por la luz de la luna y aplaudidos por las agitadas olas del mar que rodea la bahía. ¡Maravillosos momentos que añoramos y, guardamos con cariño en el álbum y cofre de los recuerdos.
Una ciudad que se precia de su cultura, no puede proyectarse si no cuenta con medios de información públicos. La prensa hablada y escrita es factor fundamental en el desarrollo de los pueblos. Las emisoras CENIT, VOZ DE LOS CARAS y LA GRANDE, han cumplido y cumplen un rol extraordinario en el desarrollo social y cultural de nuestra ciudad. Recuerdo la existencia de dos periódicos que copaban la atención de los lectores; el DIARIO EL GLOBO y EL NUEVO MUNDO. Por aquella época la política estaba polarizada entre dos corrientes, la liberal y la velasquista. Se aseguraba que cada uno en su orden respondía o representaba a una y otra tendencia. Más allá de la veracidad o no de aquella afirmación, lo importante es que la ciudadanía estaba informada y, que el comercio que era intenso, tenía la oportunidad de publicitar las distintas actividades o negocios ofertados. Siempre se extrañará la presencia de la prensa escrita, más allá de la tecnología actual que brinda información con mayor velocidad y oportunidad.
EL NUEVO GLOBO, tomó la posta para llenar el vacío que dejó la falta de los medios mencionados. Lo hizo con gran empuje y decisión, con la convicción del servicio comunitario, priorizando las necesidades de la comunidad cantonal, por sobre los beneficios económicos. Se ha mantenido durante muchos años, gracias a la extraordinaria capacidad, voluntad y fortaleza de su Director, Don Eduardo Rodríguez Coll, un verdadero Quijote del periodismo, que con gran estoicismo y valentía ha conservado, con el apoyo y fortaleza familiar, contra viento y marea la estructura de este valioso portal de información. Hoy el medio impreso ya no circula; oportunamente su Director expuso con fundamento las razones para no hacerlo, pero afortunadamente la versión vía internet sigue llevando su mensaje al mundo entero, como una gran ventana de esperanza para los bahieños diseminados por todo el orbe. Bahía de Caráquez, recordará siempre con respeto y afecto a Rodriguez Coll, quien además fue un extraordinario futbolista, locutor de radio, catedrático y, Presidente del Concejo de Sucre. A todo Señor todo honor.
En Bahía es fácil tener muchos amigos, afortunadamente no soy la excepción. Es interesante destacar, que existen personas que por alguna razón llaman nuestra atención y nos encanta departir con ellos; no importa su condición social, política o religiosa, lo que interesa es su apertura al diálogo, al saludo franco y afectuoso, el sentirse a gusto y cómodo en la plática, sin importar el tiempo y el lugar. Esa descripción, para mi gusto encaja en don César Jama, el popular Morisqueta, un hombre sencillo, pero con alma de filósofo a su manera, con extraordinarias dotes de buen humor y picardía criolla, además de contar con un gran historial como futbolista profesional. Cada vez que visito nuestra ciudad, siempre aspiro a encontrarme con Morisqueta, saludarlo y quitarme el estrés con sus singulares ocurrencias. Don César es todo un personaje; inolvidable para quienes lo conocemos.
Personajes que dignificaron el servicio comunitario, humildes y trabajadores, valiosos y hasta generosos en sus tareas, cumplieron de manera excepcional con las familias caraquenses. Su amigo común, el fiel burro fortachón, sus herramientas de trabajo, los barriles para transportar agua o los cajones de madera para portar arena de mar. Eran aquellos años de escasa o nula provisión de agua potable en la ciudad, cuando el líquido vital era el agua de lluvia que se almacenaba en aljibes públicos y particulares. Formidable servicio el que brindaron estos coterráneos, quizás olvidados por el paso del tiempo, pero que merecen un reconocimiento a su trabajo, por ello con justicia les dedico estas líneas, como homenaje a su gran tarea. Recordamos con afecto a Coellito, Don Martín y Don Guillo, Tres Mosqueteros del trabajo honesto.
El pequeño y antiguo coliseo de la Escuela Montúfar sirvió de escenario y testigo histórico de las brillantes demostraciones basqueteras del equipo LOS INDIOS. Sus integrantes fueron excepcionales jugadores, algunos de ellos se enrolaron en importantes planteles de Guayaquil, como el caso de Goyo Loor y Panameño Rivero. Formaron parte de ese formidable equipo de básquet a más de los mencionados, el Dr. Leonardo Viteri, don George Gutierrez, Don Julián Zedeño, entre otros. Su rival más enconado, era el Sudamérica, equipo en el que jugaba Maraqueta, magnífico canastero porteño. No observé muchos partidos de ellos, pero lo que pude ver avala completamente el criterio general que aquella fue una generación sobresaliente e inolvidable del deporte de nuestra ciudad.
El sol en el ocaso suele brindarnos formidables impresiones paisajísticas, capaz de inspirar a cualquier artista consumado de la pintura o de la fotografía. En el argot popular decimos la “caída del sol” y ésta, en nuestra ciudad es simplemente espectacular, es mágica, bella y colorida. El instante sublime en que el astro rey parece sumergirse en la inmensidad del océano, confundirse entre la bruma y el coqueteo saltarín de las olas e invitar a brillar a la coqueta luna, en Bahía es la invocación a soñar, a meditar sentado sobre el muro o el balcón de las casas que tienen el privilegio de disfrutar del espectáculo y, por qué no, agradecer a Dios por hacernos partícipe de una de las tantas maravillas de su creación.
La playa y el mar, compañeros eternos de la urbe, testigos centenarios de su transformación, socios de su belleza incomparable y de su destino marinero, constituyen el mejor argumento y carta de presentación para nativos y visitantes. La naturaleza quiso que un abrazo interminable entre la playa, el mar y la bahía, fundidos en el tiempo, hermanados en la historia, haya consolidado una hermosa identidad, que enorgullece a sus habitantes y asombra a los visitantes. Así es la Carita de Dios, la ciudad que no tiene copia. ¿Quién puede olvidar tanta hermosura?
La punta Bellaca y su entorno, las playas de Chirije, la isla Corazón, los barrios de mi ciudad, su gente, sus instituciones, sus costumbres y sus anhelos, todos, absolutamente todos son como pinceles que van dibujando en la mente y corazón de cada hijo de esta tierra, un paisaje de recuerdos y añoranzas del pasado, orgullo del presente y, esperanzas de un futuro maravilloso. Las transformaciones son inevitables, las ciudades evolucionan o se inmovilizan. Bahía ha cambiado para bien en el aspecto urbanístico, turístico y también en lo comercial. Lo que está pendiente por hacer, que es bastante, corresponde a las autoridades locales y al gobierno central, pero fundamentalmente al esfuerzo y empuje de sus hijos, lo cual por cierto no está en entredicho.
Una obra monumental se ha realizado en nuestra ciudad. Por suerte hemos vivido para verla, admirarla y disfrutarla. Es, el puente que une Bahía y San Vicente, anhelado por décadas, se hizo realidad gracias al cumplimiento de la palabra empeñada de un Presidente y su Gobierno, lo cual sin duda le abre legítimamente un lugar de privilegio en la historia de nuestra urbe y la provincia. Junto a decenas de miles de ecuatorianos, participamos del sensacional acontecimiento, el día preciso de su inauguración oficial. La emoción desbordante de propios y extraños, al cruzar por la mole de hierro y cemento de 2 kilómetros de largo, es una de las experiencias más gratificantes de nuestra existencia. Extraordinario hecho, simplemente excepcional, único. ¡INOLVIDABLE!
Los años de servicio en Bahía como funcionario técnico del Ministerio de Agricultura y Ganadería, Programa Nacional del Algodón y Oleaginosas, constituyen un capítulo muy especial en mi modesta existencia. Aquello me permitió, no solamente brindar mis servicios profesionales a cientos de agricultores de la zona norte de Manabí, sino fundamentalmente tener muchísimos amigos, de quienes también aprendí y con quienes compartí durante quince años, extraordinarias experiencias, que sirvieron para fortalecer mi formación profesional. Como compañeros de trabajo y amigos excepcionales debo mencionar a Fernando Luque, Tomassino Colamarco(+), William Sánchez y Ángel Uscocovich.
Imposible dejar de mencionar la esquina de las calles Bolívar y Checa, la casa de la Sra. Susana Viteri, frente al Hotel Italia; nuestra morada, allá por la década de los años cincuenta. Significativo espacio familiar, en donde mis hermanos y hermanas crecimos junto al calor maternal de una mujer amorosa y sencilla, pero valiente y decidida en su accionar. Allí mi hermano mayor, Calixto Vicente asumió de manera formidable la jefatura familiar e instaló su primer negocio, la recordada tienda de la esquina, al tiempo que laboraba esforzadamente en las oficinas del Sr Luis Velasco. Verdaderas lecciones recibimos de él, fuerte de carácter, estricto en su manera de ser, responsable y también amable. Así también mi hermano Luis Felipe con su guía aprendió rápidamente los pormenores del negocio de comprar y vender. Crecieron como personas y consolidaron sus familias, se instalaron luego en San Vicente con singular éxito comercial. Lo testifican sus cientos de clientes y amigos, lo recoge la comunidad a la que eficazmente sirvieron. A la par de su despegue empresarial y, con su apoyo y el de mi madre, cursé mis estudios secundarios y universitarios, gracias a Dios y con su ejemplo, pude hacerlo con responsabilidad y aprovechamiento. Hoy, ni mi madre y hermanos me acompañan físicamente, pero su recuerdo, cariño y ejemplo perduran en el corazón de quienes los amamos y respetamos.
Mis amigos de siempre, los que compartieron y aún lo hacen, jornadas imborrable en mi existencia, tienen un lugar preferencial en mi corazón. A ellos les doy las gracias por tantas vivencias, entre travesuras y genialidades, malos y buenos ratos, juventud y madurez, en fin, todos los capítulos desarrollados en este paraíso que se llama Bahía de Caráquez. No es preciso mencionarlos, cada uno de ellos sabe y reconoce esta mano siempre extendida, con nobleza y sinceridad. Si alguna vez les fallé, sinceramente pido disculpas.
Finalmente mis hijos: Carlos César, Johnny Javier y Johanna; sangre manabita, corazones bahíeños formados con arena, playa y mar; principio y fin de mi paso terrenal, no podían faltar en esta pequeña memoria. En Bahía nacieron, crecieron y caminaron por sus amplias avenidas, disfrutaron sus majestuosas playas, su incomparable mar; además cursaron sus estudios primarios y secundarios, hicieron amigos, compartieron costumbres, cosecharon alegrías y también pesares. Esta es su tierra y la mía, la de tantos y tantos gitanos y aventureros del mundo, personajes públicos, profesionales notables, cantores y poetas, de fuste y jerarquía, o humilde y profano como este novato escritor. ¡BAHIA ETERNA, TE QUEREMOS!
La alarma del celular suena, son las cinco de la mañana, las horas han transcurrido silenciosas e implacables, pero al fin se ha cumplido una tarea postergada pero anhelada. Ha sido refrescante y hermoso recordar facetas maravillosas de nuestra tierra. Quedan muchísimas pendientes, no importa, Bahía siempre tiene quien escriba su historia.
Carlos Enrique Ferrín Farías · Bahía de Caráquez, 1947 – 2024