Añoranzas, versos imperfectos y algo más
Bahía, el reencuentro con un viejo amor
2006
Apenas ocho meses han pasado desde la última vez que visité Bahía de Caráquez, el viejo y eterno amor de mi vida y de miles de pretendientes disgregados por el planeta. La ansiedad y emoción de volver a estar juntos aceleraban los latidos del corazón, a medida que me acercaba al territorio sagrado, creado por Dios el mismo instante que dibujó el paraíso terrenal.
El feriado de Semana Santa, fue la fecha que escogimos para nuestro reencuentro, una cita más con la Dama del Pacífico, la gran señora, que nunca envejece, que siempre está alegre, llena de portentos y fantasías, de fragancia mágica cual rosa del mar, de pinturas naturales y paisajes maravillosos, fresca y perfumada por la brisa del océano, de silueta cimbreante con su perfil costanero que cautiva al igual que las bellas y pujantes mujeres que adornan su jardín y, que se muestran siempre orgullosas y altivas cuando exhiben sus figuras sobre las playas fastuosas que adornan la gran ciudad. Como guardianes de sus féminas, volví a admirar la febril actividad de sus hombres, su sencillez y bravura al mismo tiempo, el deseo ferviente de defender cual gladiadores la historia forjada por sus antepasados y, mostrar con valor el camino para las nuevas generaciones.
Disfrutar del calor de Bahía, es renovar el espíritu, consolidar las ganas de vivir y de seguir luchando para sobrevivir. Abrazarse con las olas de su mar inquieto, sentir el cosquilleo de la arena caliente de sus playas, extasiarse con la majestuosidad de sus bellezas naturales, degustar la exquisitez de la gastronomía inigualable de cada día, lo transportan a cualquier mortal hacia una dimensión diferente de lo cotidiano, particularmente a quienes como yo, viven en la gran metrópoli que como Guayaquil o New York son enormes selvas de cemento, gigantes colmenas del trabajo y el progreso, pero son también el símbolo revelador de la vida agitada, donde el pulso se acelera ante la congestión humana y vehicular, que junto a la gran infraestructura industrial y comercial configuran una gran fuente de contaminación ambiental, riesgo y amenaza para la población.
Durante tres días estuve con mi viejo amor, la noté más hermosa y coqueta que nunca. Recorrí sus amplias y limpias calles, algunas de ellas con horámenes que aspiro que sean un acné temporal y circunstancial. Saludé con muchos de mis coterráneos y sentí como siempre la tibieza de sus manos y la sinceridad de sus expresiones, especialmente sencillas pero humanas, esa que brinda el hombre del pueblo, el que no pudo ir a la universidad, ni siquiera al colegio, pero que fortaleció su alma con la sabia enseñanza que brinda el diario vivir. Contemplé una vez más con rabia y asombro, la denominada reconstrucción del Colegio Alfaro, nuestro Oráculo de Delfos, nuestra Acrópolis inmortal, la cuna del saber y de la rebeldía alfarina con trascendencia nacional. La nostalgia invadió mi ser, quise por un instante pedir a Jesucristo para expulsar del templo a los fariseos que invadieron el sagrado recinto, pero la realidad me empujó a olvidar y continuar mi recorrido, lo hice no sin antes evocar a mis sabios maestros y a mi primera inquietud sentimental.
Avancé algunos metros y me encontré de frente con el escenario inolvidable de buena parte de mi existencia. Allí, frente al Tenis Club, en el Barrio La Equitativa, sembré y coseché en el huerto de la vida, los tres únicos frutos que entrego a la sociedad, mis hijos, todos con sangre y estirpe caraquense. El éxtasis de mi paseo llegó al acceder por el viejo camino que comunica Leonidas Plaza con Bahía, sendero olvidado y descuidado, con un potencial turístico increíble, que la falta de creatividad y decisión, ha marginado inexplicablemente. Contemplar desde lo más alto la impresionante belleza de Bahía de Caráquez, Leonidas Plaza y San Vicente, es entregarse en los brazos del romance y la poesía, sencillamente espectacular, indescriptible, único, para qué más.
Quiero despedirme de mi gran amor y, debo hacerlo con una promesa que debo cumplir. Este es el testamento que rubrico con fecha de hoy, que firmo con la tinta sangre de mi corazón y que como tal es mandatorio para mis hijos o nietos. Cuando muera, mis despojos mortales deberán ser cremados y luego desde la Cruz, esparcidos sobre Bahía de Caráquez. Soy quizás pretencioso, tal vez muy osado, pero es la decisión inapelable de alguien que quiere brindar a su amante la mejor serenata de amor, la expresión más sincera de fidelidad.
Un abrazo cordial para mis conciudadanos, un agradecimiento especialísimo para el Ing. Eduardo Rodriguez Delgado, mi mejor amigo, casi un hermano y, por supuesto gracias a su esposa, doña Isabel Vélez de Rodriguez, estupenda amiga de siempre. Ambos fueron excelentes anfitriones y estupendos acompañantes.
Carlos Enrique Ferrín Farías · Bahía de Caráquez, 1947 – 2024