Añoranzas, versos imperfectos y algo más
Caperucita Roja, una versión diferente
Un cuento para Fernando Gabriel* · 18 de octubre de 2008
Érase una vez en Guayaquil, vivía una niña de doce años, llamada Anita, pero todos le decían Caperucita Roja, ya que casi siempre llevaba su inseparable capa roja. Era bonita y estudiosa e inquieta.
Un día, su madre le dijo que, ya que su abuela había estado enferma, le llevara un pastel y unas empanadas.
La abuelita, una anciana jubilada, vivía sola en el Barrio del Seguro, a unas 10 cuadras de su casa. Vivía de la renta y de su pensión. En la familia comentaban que guardaba sus ahorros en casa, pero nadie sabía en donde.
Lo curioso era que la abuela sabía defenderse bien. En secreto recibía clases de Karate en una academia a la vuelta de su casa. Era una viejita moderna, amante de la música pop, usaba celular, sabía bailar y tocar guitarra.
Antes de salir de casa, la madre le dijo a Caperucita que no hablara con ningún desconocido y que tuviera cuidado con los coches. La niña asintió y colocó las cosas en una pequeña cesta.
Salió de casa toda contenta, escuchando música con su MP3, cuando se detuvo en el Parque Forestal al ver unas niñas que jugaban rayuela. Sin notarlo, a pocos metros estaba mirándola con atención, un hombre barbudo, con gafas y chompa; llevaba una camiseta con un estampado con la figura de un lobo. Precisamente se trataba de un ladronzuelo apodado EL LOBO, por sus fechorías.
El tipo le dijo hola a Anita y ella, toda confiada, le dijo: —Hola, ¿quién es usted?— Un buen amigo contestó el lobo, y luego preguntó ¿Hacia dónde vas?; donde mi abuela a dejar estos manjares señor. ¿Dónde vive tu abuelita? insistió el pillo con cara de inocente. En una villa del barrio del Seguro, frente a la fuente de soda, dijo ingenuamente la niña.
Grave error de Caperucita al decir eso...
Sin despedirse el hombre cogió su bicicleta y se dirigió rápidamente al sitio que le había nombrado la niña. Al tocar el timbre, nerviosamente esperó, para que la inocente abuela le abriera.
En el interior se escuchaba música de Daddy Yankee a volumen alto. Finalmente la puerta se abrió y apareció una abuelita con pantalón capri y blusa estampada con imagen del Barcelona y zapatos deportivos.
Asombrado primero, reaccionó y dijo: buenas tardes madame, soy profesor de música y vengo a ofrecer mis servicios.
Gracias dijo la anciana, pero no tengo interés por ahora, regrese otro día por la mañana.
El lobo se enfureció y agarró a la abuela por el cuello mientras gritaba diciendo: ¿dónde está el dinero vieja loca?
Como respuesta la anciana tomó de un brazo al pillo, mientras le da un golpe de karate en el cuello, haciendo que caiga pesadamente al piso chillando de dolor. Intentó levantarse unos segundos después, pero de inmediato el golpe de una sartén lo noqueó por completo.
La abuela tranquilamente se sentó en un mueble y llamó a la policía por celular. Mientras esperaba pensó, “pobre tonto, vino por lana y salió trasquilado”
Mientras tanto Caperucita llegaba a la calle donde vivía la abuela. Saludó con don Pedro el guardián del barrio que a su vez preguntó a Anita, que quien visitaba a la abuelita.
¿Por qué? preguntó la niña un tanto preocupada. Es que un señor con barba, gafas y chompa llegó hace un rato dijo don Pedro.
¡Ay Dios mío! exclamó Caperucita. Vamos rápido don Pedro gritó muy asustada, la abuela puede estar en peligro.
Entraron rápidamente pues la puerta estaba abierta, pero enorme fue la sorpresa al ver al tipo cuan largo es, tirado en el suelo durmiendo una siesta anticipada, mientras la abuela ensayaba alegremente unos pasos de rock.
Abuelita qué pasó, dijo la niña, mientras abrazaba fuertemente a la señora. Sonriendo la anciana contestó, nada importante mi niña, sólo practicaba mis clases de karate.
La sirena anunciaba la llegada de la policía y la detención del osado pillo, mientras la abuelita saboreaba el obsequio de su hija.
Caperucita, dió un beso a su abuela y prometió nunca más desobedecer a su madre.
Desde entonces la mamá y la abuela asisten a clases de karate y juntas con Caperucita vivieron felices para siempre.
* «Mi nieto. Alumno del Centro de Estudios ECOMUNDO. Apoyo en su tarea de Lenguaje.»
Carlos Enrique Ferrín Farías · Bahía de Caráquez, 1947 – 2024