Añoranzas, versos imperfectos y algo más
Cenizas al viento
10 de noviembre de 2011
Una mañana lluviosa y un arcoíris de esperanza
acompañan a la barca que sobre la ría se desliza
despacio, con el silencio sepulcral de despedida
pequeñas olas parecen gemir una oración piadosa,
el manglar y las gaviotas se agitan pero sin prisa
es el cortejo que avanza entre la bruma y la brisa.
No es el destino final el Pacífico y sus aguas
es el abrazo postrero de un porteño con su esencia,
el adiós a sus raíces, llenas de sal y de arena
de caracoles y almejas, cangrejos y mejillones
que esculpidos en su cuerpo, circulando por sus venas,
le recordaron siempre que Bahía es lo primero.
Sellado el pacto final entre la madre y el hijo,
sobre la playa húmeda y fresca, la barca se aproxima;
se inicia otro recorrido, un escenario distinto,
sendero de pavimento, casas de hierro y cemento
el rumor de los que miran, saludos con sentimiento,
otros con indiferencia no se inmutan ni preguntan,
es la historia repetida del viaje a los aposentos
la ruta del más allá, el camino sin regreso.
Lentamente va el cortejo en busca de la pendiente,
el ascenso hacia la cima enfrenta un sol inclemente,
rumbo a la casa final los despojos se encaminan
tal como fuere el deseo y compromiso adquirido,
por un novel escritor de su ciudad agradecido.
En el cerro de la cruz es la parada final,
una breve ceremonia forma parte del ritual,
deudos y amigos queridos con rostros serios se abrazan
abren el cofre que lleva las cenizas del viajero,
las esparcen por el aire para que el viento las lleve
y se mezclen con el mar, con arena y con palmeras,
circulen perennemente en eterna primavera.
Así, entre el cielo y el mar, entre el cerro y la playa,
quiero pernoctar por siempre junto a mi tierra del alma
confundido con la brisa, volando con las gaviotas
contemplando atardeceres, disfrutando de la calma
que Bahía mi ciudad linda, tan sólo puede brindarla.
Carlos Enrique Ferrín Farías · Bahía de Caráquez, 1947 – 2024