Añoranzas, versos imperfectos y algo más
Colegio Alfaro: pasión sin límites
El silbato bullicioso de Don César Madrid, el sonar insistente de las campanas y, el ingreso apresurado de Miguel Angel Viteri y otros alumnos, constituían señal inequívoca que era hora de formar en el patio del Colegio Eloy Alfaro de Bahía de Caráquez. Don Panchito primero y Manuel Mera después, disciplinados buscaban cerrar la puerta principal, pero de alguna manera se hacían de la vista gorda y esperaban unos minutos para hacerlo. De inmediato el grito clásico del Inspector sacudía los oídos: “Primero A y Primero B formaaaar”; esta expresión marcaba el ajetreo y los empujones en las filas de cada curso, algo casi rutinario y cotidiano, pero genialmente simbólico de una época inolvidable para cientos, miles de estudiantes, que la vivimos y disfrutamos plenamente y, por supuesto la añoramos y recordamos con cariño y respeto.
Cada mañana, de Lunes a Viernes, los varones, orgullosos vestíamos nuestro uniforme kaki, con corbata azul y zapatos negros, prendido en el pecho, junto al corazón, el emblema del querido Colegio, el que llamo cariñosamente nuestro ORÁCULO DE DELFOS, por todo lo que aprendimos, por cuantas dudas despejó y personalidades forjó, muchas de ellas esparcidas por el país y el mundo, cumpliendo un rol destacado en la sociedad. Ese era el Colegio Alfaro de la década sesenta, con catedráticos de altísimo nivel profesional, la mayoría formados en prestigiosas universidades del país, con mucho conocimiento y capacidad de enseñar, algunos con caché de maestros y con severidad y disciplina. Estos últimos sin duda eran los mejores, los que mayor huella impregnaron en sus discípulos, pero en general todos merecen nuestro respeto y simpatía. Este reconocimiento es igual para todo el personal administrativo de la época, cuya eficiencia y calidad humana era innegable.
Evocar los años maravillosos que pasamos en la secundaria es siempre algo indescriptible en su real dimensión, es casi alucinante imaginar todos los hechos acaecidos en torno a un escenario convertido durante seis inolvidables años en nuestra segunda casa. Asistimos al colegio Eloy Alfaro en la época de oro del plantel, un juicio muy particular por cierto, pero avalado por miles de exalumnos y confirmado en las universidades del país al aprobar en gran porcentaje los exámenes de ingreso obligatorios. Esta es la parte que más hay que destacar; la calidad de educación impartida, el compromiso de maestros y estudiantes para asumir con responsabilidad el papel que a cada cual correspondía, la marca registrada de un plantel centenario, cuyos rectores y profesores han sabido guiar por el sendero de superación y calidad que la sociedad demanda, que el pais reclama.
El Colegio Alfaro ha sido, es y será, el estandarte de la educación media, en la ciudad y, en la zona norte de Manabí. Su misión y visión siempre ha ido más allá de lo estrictamente educativo, su estirpe y grandeza lo han motivado a cumplir otros roles en la sociedad. En nuestra época su nombre retumbó en todos los rincones de la provincia con hidalguía y valor. Esa es la lección que las generaciones actuales y futuras no deben olvidar, es la tarea que profesores y alumnos deben cumplir. Aquello es irrenunciable e impostergable.
Al amanecer del 3 de Noviembre de cada año, el sonar de tambores y trompetas de la banda de guerra del Alfaro, irrumpían por las principales avenidas de nuestra ciudad, con gallardía y altivez, con uniforme de parada, invocando al despertar ciudadano, levantando el espíritu cívico y el sentimiento caraquense de amor al terruño cantonal, para homenajearlo por su aniversario. Ese era el preludio de una gran fiesta cívica para la ciudad, que luego aplaudiría en el desfile, la magnífica participación estelar de los bravos alfarinos. El toque de diana ya no se realiza, pero la tradición, clase y brillantez de la legión alfarina sigue vigente.
La fama del plantel se extendía más allá de la enseñanza dentro de las aulas. El ámbito deportivo se ha cubierto de gloria muchas veces; en básquet y especialmente en fútbol ha brillado en el concierto cantonal y provincial. Grandes figuras del balompié surgieron de sus filas, algunas incluso se enrolaron en equipos de renombre en el país. La afición local ha vibrado muchas veces con los triunfos de los deportistas alfarinos. Nuestro Colegio ha sido cuna y semillero de notables deportistas. Dos ejemplos ilustran esta aseveración: Paquito Barrezueta (+), gran tenista, fue vicecampeón sudamericano. Marcelo Hurtado, brilló en el Barcelona de Guayaquil y vistió la camiseta de la selección nacional.
Cómo no recordar la manera particular de competir para alcanzar la Presidencia de Liga Alfaro. Aquello era realmente una lucha tenaz y durísima para los contendientes. El ímpetu de la juventud y la pasión de los partidarios de cada lista, algunas veces motivó riñas y peleas a puñete limpio, incluso fuera del Colegio. No sólo era el deseo simple de ganar, era algo más importante, el orgullo de ser representantes de los estudiantes del Colegio Eloy Alfaro, el plantel más prestigioso del Cantón y uno de los de mayor lustre en la provincia. Esta elección siempre generó expectativas y controversias en la ciudad. Así se ha forjado la historia de nuestro Colegio y, su grandeza por cierto.
La voz de los alfarinos siempre se ha escuchado en las calles y plazas de la ciudad, cuando se trata de problemas que afectan no sólo al plantel sino a la comunidad. Así han surgido los líderes locales, provinciales y nacionales. Esa voz no puede ni debe dejar de escucharse jamás y, si por cualquier circunstancia se apagara, siempre surgirá alguien que avive la llama de la rebelión cívica alfarina y levante el emblema del Colegio Alfaro y diga como reza el himno del plantel: “Con su genio inmortal rompió Alfaro, la injusticia de cruel tiranía”
Cinco décadas y algo más han transcurrido desde mi ingreso al COLEGIO NACIONAL ELOY ALFARO de Bahía de Caráquez y, hoy como ayer, mañana y siempre, la pasión por esa cuna del saber se acrecienta en mi alma, desborda mi espíritu y estremece mi ser. Presumo con optimismo que ese sentimiento se ha arraigado en todos los ex-alumnos. Asumo además que las nuevas generaciones de profesores y alumnos del plantel son y serán siempre herederos magníficos de la calidad, tradición y grandeza del Colegio Alfaro, de manera que en cualquier momento y en cualquier lugar se grite en voz alta y con orgullo superlativo ¡SOY ALFARINO CARAJO, LA MÍA ES UNA PASIÓN QUE NO TIENE LÍMITES!
Carlos Enrique Ferrín Farías · Bahía de Caráquez, 1947 – 2024